1/5/09

¿Oyen los muertos lo que los vivos dicen luego de ellos?
Ojalá nada oigan: ha de ser un alivio ese silencio interminable
para aquellos que vivieron por la palabra y murieron por ella,
como Rimbaud y Verlaine. Pero el silencio allá no evita
acá la farsa elogiosa repugnante. Alguna vez deseó uno
que la humanidad tuviese una sola cabeza, para así cortársela.
Tal vez exageraba: si fuera sólo una cucaracha, y aplastarla.

CERNUDA

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